C A P Í T U L O    8
                                                                                    
 
L A   H I S T O R I A   C I R C U L A R  

 

 

«Pues he aquí que Yo crearé nuevos cielos y nueva Tierra; y de las cosas primeras 
no habrá más memoria, ni vendrán más al pensamiento.»
(Isaías 65:17)

 

 

En el capítulo anterior hemos estudiado el Manvantara primero como ciclo compuesto simplemente de dos años zodiacales de 25,920 años comunes cada uno y luego tal como lo prefiere la tradición hindú, o sea como ciclo septenario por antonomasia, si bien, dado el escaso espacio de que disponemos para un trabajo de simple divulgación como éste, me he limitado a un comentario somero. En el presente capítulo lo enfocaremos como ciclo cuaternario descendente, es decir, como maha-yuga sujeto a la escala 4 + 3 + 2 + 1 = 10, lo que no sólo nos ayudará a sacar a luz otras fechas clave de la historia sino, también, a precisar ciertos puntos importantes de la doctrina cuyo análisis había quedado pendiente.

Para ello, y a fin de ir de lo particular a lo general, estudiaremos en primer término algunos casos históricos en los que la escala ha sido fundamental, aunque dada la escasez de culturas que ofrezcan datos cronológicos suficientemente precisos, así como la de pueblos cuyo aislamiento relativo garantice su carácter genuino, será preciso ser selectivos. Aun así, los pocos ejemplos a los que nos limitaremos deberán bastar para demostrar que la escala es aplicable a los cuatro períodos en que puede dividirse la historia de cualquier  pueblo o cultura.

Teniendo esto en mente, en el primer caso seleccionado, el antiguo Egipto, nos restringiremos a los períodos estrictamente dinásticos y dejaremos fuera la etapa post-imperial, que ya no puede considerarse genuinamente egipcia. Obtendremos así una primera fase, o “Edad de Oro”, que va desde la primera dinastía, alrededor del 3100 a.C., hasta el llamado Primer Período Intermedio —hacia el 2300 a.C.—, es decir una duración de 200 x 4 = 800 años.

 

 Fig. 4 – El Egipto estrictamente dinástico dividido
en cuatro edades o "
yugas" 

 

De esta primera etapa, en la que aparece de improviso la escritura, diremos tan sólo que sus realizaciones materiales se distinguen por su grandiosidad honesta y sencilla y por un exquisito esmero, constituyendo las grandes pirámides de las dinastías tercera y cuarta la demostración perfecta de que el único período verdaderamente creador de los antiguos egipcios es el de los comienzos de su civilización, pues de hecho son muy superiores en perfección técnica a las posteriores.

El segundo período, o “Edad de Plata”, se extendería aproximadamente desde el 2300 hasta el 1700 a.C. —una duración de 200 x 3 = 600 años—, fecha esta última en que se sitúa el llamado Segundo Período Intermedio. En el curso de esta etapa, cuyos gérmenes habría que buscarlos en realidad unos cien años antes, hay un debilitamiento de la realeza frente a la descentralización que culmina, tras la muerte de Pepi II (hacia el 2180 a.C.), en la violencia y la anarquía; el llamado “papiro de Ipuwer” ofrece una visión sobrecogedora de este período, extrañamente comparable a las descripciones puránicas del final del Kali-yuga y a los anuncios del fin de los tiempos de los evangelios. Y si bien llega luego el Reino Medio, con logros en cierto modo admirables, poco después del 1800 a.C. sobreviene la llamada “gran humillación”: el estado se desploma y, hacia el 1700 a.C., entran los hicsos en Egipto.

El tercer período, aproximadamente desde esta fecha hasta el 1300 a.C.—una duración  200 x 2 = 400 años—, aunque presenta aparentes logros importantes como las expediciones comerciales egipcias al país de Punt y, entre las grandes obras arquitectónicas, la construcción de los obeliscos de Karnac y el templo de Luxor, así como creaciones literarias y artísticas de gran refinamiento como el Libro de los muertos, en realidad señala el principio del fin: el general Horemheb tiene que detener la penetración libia en Egipto y proclamarse faraón tras el reinado de Akhenatón, el famoso “faraón hereje” que se enajena la enemistad del sacerdocio menfita, y Ramsés II se ve obligado a firmar un tratado de paz con el rey hitita Hatusil III en 1283 a.C.. Tal vez sea, pues, al final de esta época cuando los sirios penetran y saquean Menfis, profanando las calles y degollando y esclavizando al pueblo, si bien de este hecho, denominado “interregno sirio”, no se conservan, por razones obvias, mayores registros.

Por último, el cuarto período, del 1300 al 1100 a.C. aproximadamente —una duración de 200 años, o un décimo del período total considerado—, señala la cercanía del desastre. Luego de que Ramsés III salva a Egipto de la presión libia y de los “pueblos del mar” (e incidentalmente pierde la vida a consecuencia de una conjura de harén), estallan escándalos por doquier: se sublevan los obreros de los talleres de Tebas, reina la corrupción en todos los niveles, el pueblo sufre hambre, las tumbas reales son saqueadas. Y tras un período de caos generalizado, un sumo sacerdote de Amón, Herihor, se subleva y relega a Ramsés XI a un rango subalterno y, hacia 1085 a.C., pone fin a la XX dinastía. Hacia la misma época un antiguo visir, Smendes, se adueña del poder en el delta, con lo que Egipto queda dividido en dos: el Sur en manos del ejército, y el Norte en las de la aristocracia militar. Desde entonces, la desmembración feudal se irá acentuando hasta culminar en el imperio etíope, el cual cede a su vez ante la invasión asiria: Egipto ya nunca volverá a ser dueño de su propio destino.
 

 

 

 

 

Fig. 5 – The Sumerian Cycle broken down into
four ages or “
yugas”

 

Aunque cronológicamente deberíamos haberlo presentado primero, nuestro segundo ejemplo, ante la escasez relativa de datos, y siguiendo el uso establecido, será la civilización sumeria (véase la figura 5). En ésta, el primer período, o “Edad de Oro”, se extiende aproximadamente desde el 3500 hasta el 2800 a.C., es decir, a través de unos 700 años (175 x 4). Al comienzo de este período, los sumerios aparecen de improviso en la Mesopotamia inferior, aportando el cobre y, ya desde entonces, tablillas con inscripciones ideográficas. Su procedencia es incierta, aunque es muy posible que llegaran de la India, probablemente como un remanente de la civilización de Mohenho-Daro y Harappa, conforme lo hacen presumir los restos encontrados por los arqueólogos en los estratos más antiguos de las ruinas de estas ciudades y las divinidades marinas presentes en las leyendas más antiguas y aun el nombre mismo de esta cultura, Sumeru, seguramente derivado del famoso monte Meru de la tradición hindú; esta primera civilización tiene su mayor florecimiento en Uruk, aproximadamente entre el 3100 y el 2800 a.C.

La etapa que podemos llamar “Edad de Plata” se desarrolla entre esta última fecha y el 2275 a.C., o sea durante unos 525 años (175 x 3), período en el cual los sumerios entran de lleno en la historia. Es la llamada época protodinástica, de la que se conservan abundantes tablillas con inscripciones cuneiformes y en la que aparecen estados urbanos desarrollados, una administración religiosa – civil y el uso de esclavos.

Esta etapa cesa con la invasión de un pueblo semítico, los acadios, cuyo líder, Sargón de Akad, tras vencer al famoso Lugalzagizzi, inaugura el primer imperio mesopotámico y cuyo nieto Naram-Sin, famoso por su estela conmemorativa, debe hacer frente a la invasión de los Guti, quienes dominan en la región por largos siglos. Todo este período va del 2275 al 1925 a.C., es decir, dura unos 300 años (175 x 2), y correspondería a la "Edad de Bronce" de esta cultura. 

En fin, hacia esta última fecha (1925 a.C.) se produce un “renacimiento” de Sumeria con la tercera dianastía de Ur, que dura unos 175 años, etapa de gran esplendor aparente pero que termina catastróficamente hacia el 1750 a.C. con la invasión de los amorreos y los elamitas, quienes provocan el hundimiento de la ciudad. A partir de entonces la historia, que ha dejado de pertenecer a la civilización sumeria, seguirá con el período amorrita de Mesopotamia.

Nuestro tercer ejemplo se refiere a la historia de Israel. Abarca desde la salida de Ur de Caldea del patriarca Abram, alrededor del 1950 a.C., hasta el momento en que Jerusalén se rinde a los romanos, quienes destruyen el templo hacia el 60 d.C., y cubre por lo tanto unos 2,000 años en conjunto (véase la figura 6).

La primera etapa, que podemos calificar de pastoril, es la de los patriarcas hebreos, una edad dorada que llega a su fin con el llamado cautiverio de Egipto; se extiende entre el 1950 y el 1150 a.C., o sea unos 800 años (200 x 4).

 

 

 

 

Fig 6 – El ciclo hebreo desde Abraham hasta la caída
de Jerusalén
 

 

El segundo período o “Edad de Plata”, entre la última fecha y el 550 a.C. (una duración de 200 x 3 = 600 años), se inicia espectacularmente con las llamadas “plagas de Egipto” y abarca desde el Éxodo del pueblo hebreo y su cruce del Mar Rojo, posiblemente paralelo a la gran inundación conocida como “diluvio de Ogiges”, hasta el exilio de Babilonia, pasando por la entrada en Canaán —la Tierra Prometida—, por el período de los Jueces, y por los gloriosos reinados de David y Salomón.

La tercera etapa o “Edad de Bronce”, que abarca entre el 550 y el 150 a.C. (una duración de 200 x 2 = 400 años), concluye, tras la reconstrucción del templo y otros hechos, en las conquistas de Alejandro Magno —que, en la práctica, suponen un período de vasallaje para los hebreos—, período que sin embargo no está exento de episodios de grandeza como, por ejemplo, la rebelión de los Macabeos, justo hacia su término.

Se pasa por último a una “Edad de Hierro”, de unos 200 años de duración, que en el mejor de los casos cabe considerar como una etapa de semilibertad y en la que los romanos se hacen con el control de Palestina, etapa que, tras la toma de Jerusalén por Tito, termina en la Diáspora judía.

Y con esto podemos dar fin al estudio de estos pocos casos concretos en los que he querido demostrar, al menos tratándose de pueblos que se han mantenido más o menos aislados de cualquier injerencia extraña, que las etapas de su historia no sólo se reducen naturalmente a cuatro, sino que decaen paulatinamente y en todos los aspectos, incluso el material; y que en lo que se refiere a su duración, ésta decrece siempre según la escala 4 + 3 + 2 + 1 = 10. Naturalmente, hubiéramos querido incluir un mayor número de casos significativos, por ejemplo los de las civilizaciones egea y romana; pero nos lo han impedido el carácter incierto de las etapas y las fechas, en el primer caso, y las dificultades inherentes a determinar el momento preciso de inicio y de término en el segundo.

Vayamos ahora al propósito principal de esta parte de nuestro estudio y enfoquemos el Manvantara completo desde el mismo punto de vista, sólo que esta vez, basándonos en el 3102 a.C. como año de inicio del Kali-yuga, volveremos a fijar el 2082 d.C. como fecha final para todo el ciclo. Esto nos da el año 49758 a.C. (51,840 – 2,082) como punto de partida para el primer período, o Satya-yuga; el 29022 a.C. como el del segundo o Treta-yuga (49,758 – 5,184 x 4) , período que verá el apogeo de la civilización atlante; el 13470 a.C. como el del tercero o Dvapara-yuga (29,022 – 5,184 x 3), época en que se situarían las historias narradas en el Ramayana; y el 3102 a.C. como el del cuarto o Kali-yuga, siendo esta última fecha la única que nos dice algo en un sentido estrictamente histórico. De modo que si queremos demostrar que el Manvantara así dividido posee alguna validez cronológica, tendremos que recurrir al mismo expediente usado en el capítulo anterior en relación al mismo ciclo considerado como año zodiacal “doble”: a saber, considerar el Kali-yuga como una imagen en pequeño del ciclo completo, y subdividirlo en otros tantos períodos sujetos a la misma proporción (véase la figura 7).

 

 

  

Fig. 7 - El Kali-yuga subdividido en
cuatro edades o "
yugas"

Tal como se aprecia por la figura anterior, este procedimiento sí nos permite arribar a fechas de gran significación histórica. En efecto, en 3102 a.C. se inicia, paradójicamente, lo que puede calificarse como “Edad de Oro en pequeño”, cuando se constituyen las grandes organizaciones políticas en Egipto y Mesopotamia —y, como se está comenzando recién a descubrir, en otros lugares de Asia y en América— y se instauran la monarquía y el sacerdocio como clases dominantes en las sociedades agrícolas que tienen un aparato estatal formado; a la vez se emprenden grandes obras hidráulicas y construcciones de uso político y religioso —que en cierto sentido al menos, el de su grandiosidad— jamás serán superadas, así como la metalurgia del cobre, la plata y el oro; por lo demás, se desarrollan las escrituras sumeria y egipcia, entre otras.

Así, pues, contra lo que pudiera pensarse, el siguiente período, que puede llamarse “pequeña Edad de Plata”, y cuyo comienzo sería en 1028 a.C. (3,102 – 518.4 x 4), supone un retroceso con respecto al anterior, aun cuando en el orden material quepa ver lo contrario. Por ejemplo, tras el apogeo de los ramésidas en Egipto, sobreviene la decadencia y el final desmembramiento del imperio, mientras en el horizonte se cierne la cruel amenaza del expansionismo y la dominación asirios; en el ámbito del Egeo, por su parte, es alrededor de esta fecha cuando las grandiosas fortalezas de Micenas son destruidas e incendiadas y que los Estados micénicos colapsan. No pretendemos desarrollar aquí, sin embargo, una discusión filosófica sobre tema tan controvertido, demasiado amplio como para estudiarlo en un solo párrafo. Y aunque es difícil generalizar en cuestiones de tal envergadura, ya he dicho en el capítulo 4, al examinar el presente Kali-yuga, que todo depende del punto de vista que se adopte; y si éste es el espiritual, pese a los eventuales y contingentes períodos de aparente grandeza que han tenido lugar en su segunda etapa —y con ello nos estamos refiriendo al florecimiento de civilizaciones como la griega y la romana en el Viejo Mundo, y como la maya y las culturas preincaicas en el Nuevo—, no es difícil ver cómo se produce en el mundo una decadencia progresiva y general, no tanto en el terreno de la moral y las costumbres como en el de la cultura, que llega a su colmo precisamente al final de esta segunda “edad”, hacia el 527 d.C. —aunque, por otro lado, éste sea el año en que Justiniano asciende al trono del imperio romano de Oriente, lo que puede calificarse como positivo. Con todo, se da el hecho curioso de que, al examinar el nuevo período y el que le sigue, que corresponderían a las “pequeñas” edades de Bronce y de Hierro, se observa que cobran más relieve precisamente las fechas que están “corridas” 72 años atrás, es decir, aquellas que se basan más bien en el año 2010 d.C. como punto final del actual Manvantara, casi como si de algún modo misterioso tuviera que ver en ello las famosas palabras de Jesucristo relacionadas con sus anuncios del fin de los tiempos (en Mateo 24 : 22).: «Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, lo serán.» Por cierto que una explicación más “científica” de esta circunstancia la daría la diferencia de cinco días y fracción entre el año ideal de 360 días, tradicionalmente usado en todos los cálculos relacionados con ciclos y edades, y el de poco más de 365 días que, según versiones, habría comenzado a correr hace unos cinco mil años debido a alguna catástrofe, posiblemente relacionada con el comienzo del fenómeno del Niño, que habría acelerado la rotación de la Tierra, con lo que literalmente los días se habrían acortado; ahora bien, puesto que el período que puede considerarse fundamental para la manifestación total es precisamente el día, ello haría necesario un ajuste de unos 26,000 días ó 72 años. Pero el hecho es que la citada discrepancia se aprecia no tanto en el caso recién mencionado —en el que el 455 d.C., 72 años antes del 527 d.C., es un año pródigo en acontecimientos funestos para el Imperio Romano de Occidente, como que en él es apuñalado el emperador Valentiniano III y Roma es saqueada por Genserico—, cuanto en el suceso que daría literalmente inicio a una nueva era: el descubrimiento de América por Colón, justo en 1492 d.C., ante el cual palidece el 1564 d.C., que sería la fecha normal de inicio de la “edad” postrera —aun cuando esta última no carezca de trascendencia, pues en torno a ella es cuando tienen lugar las guerras de religión en Francia.

Como sea, entre los años 455 y 1492 transcurre una edad que se suele considerar inferior a la anterior, tanto así que se ha llegado a llamarla “edad oscura”; epíteto que de algún modo refleja la imagen de una “edad de Bronce” en la que el hombre, sobre todo el de las clases superiores, parece nacido fundamentalmente para guerrear (con excepción de los que no sirven para ello y son destinados a otros oficios, principalmente al clero), pero en la que no se carece de cierta grandeza, de principios morales y de una caballerosidad y un romanticismo que constituyen su ideal; la búsqueda del Santo Grial es un hermoso ejemplo de ello. Aun así, es hacia su final que se inicia una nueva decadencia, esta vez principalmente en el campo de la moral y las costumbres; proceso que a través de diversas etapas ha venido acentuándose hasta nuestros días, siendo el resultado de ello precisamente el comienzo de los movimientos conocidos como el Renacimiento y la Reforma, que para muchos señalan una época de gran progreso en las artes, las ciencias y las letras, pero que para otros suponen la pérdida de muchas cosas de verdadero valor trascendente. Un solo ejemplo, de orden moral, bastará para demostrar este aserto: en el Renacimiento, la caza, que los Papas calificaban de “ars nequissima” (deporte cruel), se vuelve pasatiempo favorito de muchos eclesiásticos, entre ellos León X, el primer Papa cazador. Pero lo que constituye una pérdida irreparable, en nuestra opinión, es la desaparición de la filosofía tradicional,  así como la del arte auténtico y grandioso característico de la época madura de este período, inmejorablemente representado por las catedrales góticas, lamentablemente sustituidas más tarde por una imitación de lo antiguo que ya no expresa nada genuino. Lo que nos lleva al punto central: la disolución de la Cristiandad, con la que se identificaba esencialmente la civilización de la Edad Media y alrededor de la cual giraban todas las actividades humanas, precisamente a consecuencia de la Reforma y del nacimiento del “humanismo”, que en última instancia no es otra cosa que el secularismo y el materialismo que dominan nuestra época. Una época en la que, pese a que se esperaba que la tecnología ayudaría a la humanidad a alcanzar la sociedad ideal, sólo se ve desencanto y frustración, y en la que la  historia, cada vez más acelerada, parece haber alcanzado un punto culminante que hace presagiar su fin inminente, cuyas señales se observan hoy por todas partes: una inversión total de los valores, una “revolución tecnológica” que no es sino el subproducto de la revolución industrial y una de cuyas consecuencias, la contaminación ambiental, produce a su vez el recalentamiento del planeta y la desaparición de la capa de ozono; la aparición de innumerables “mesías” que se presentan como guías y salvadores de la humanidad, y que pregonan la llegada de una “Nueva Era” cuyos líderes y fundadores son, naturalmente, ellos mismos; en fin, la proliferación de clínicas abortivas y de ciertas prácticas a las que por un elemental pudor evitaremos referirnos, pero que tienen que ver con el uso de cadáveres humanos… 

Y con esto creo haber ofrecido una síntesis de lo que en buena cuenta ha sido el actual Kali-yuga, a la vez que discutido someramente sus principales características. Sin embargo, ¿qué decir de otras épocas trascendentales como la que transcurre a lo largo del siglo VI a.C., a la que hemos dedicado particular atención como otro posible punto de partida para dicho período?

Pues bien —y con esto se demuestra una vez más la multiplicidad de enfoques de que es susceptible el Manvantara—, ya he demostrado que cualquier ciclo es divisible según la escala 4 + 3 + 2 + 1 = 10. Admitido esto, consideraremos únicamente el "kali-yuga" del último Año Zodiacal y lo dividiremos en la forma correspondiente, con lo que obtendremos la siguiente figura. 

 

 

Fig. 8 - El  “kali-yuga” del último Año Zodiacal 

Nótese que en este caso, ateniéndonos a las observaciones que anteceden, y dado que se trata de un período con una duración considerablemente menor —una décima parte de la anterior—, he usado como fecha de término el 2010 d.C. Por lo demás, se trata aquí, más que del Manvantara en su conjunto, de una mínima fracción de él —en la práctica, de un período cualquiera—, lo que en cierto modo justifica la libertad que me he tomado, aparte de que en suma, al menos en lo que se refiere a la primera de las fechas obtenidas, sólo estamos corriéndolas de nuevo 72 años atrás.

Vemos así, ya alrededor de esta primera fecha, sucesos de gran trascendencia histórica, como la aparición del taoísmo en China y el cautiverio de los judíos en Babilonia. También por entonces debe de haberse producido el nacimiento de Buda y el de Zaratustra, así como los de Confucio y Pitágoras, con lo que, si excluimos el hinduismo, es hacia esta época que aparecen prácticamente todas las grandes doctrinas orientales. Ahora bien, a riesgo de fatigar al lector, pasaré revista rápidamente a las fechas que marcarían el inicio de los siguientes períodos: Alrededor del 452 d.C. se produce la derrota de Atila en los Campos Cataláunicos (en 451) y su muerte (en 453). Luego, hacia el 1229 d.C., la muerte de otro “azote” de la humanidad, en este caso Gengis Khan, mientras que la sexta Cruzada gana Jerusalén por pacto y se acaba con los últimos restos de la herejía albigense. Finalmente, alrededor de 1747 se generaliza la fabricación del acero fundido y se desarrolla la industria de los telares mecánicos, con lo que se da inicio a la revolución industrial y a su secuela de sufrimiento para la clase obrera británica (y, con el tiempo, para la de buena parte del mundo), a la vez que se anuncia el ya mencionado subproducto de aquélla: la revolución tecnológica moderna.

¿Y los inquietantes ciclos de 52 años a los que me he referido en el capítulo 5, tan reverenciados por las antiguas culturas centroamericanas (y tal vez también por las sudamericanas) que todos sus cálculos astronómicos y calendáricos giraban en torno a ellos? Pues bien, al intentar aportar pruebas históricas tal como lo he hecho con los ciclos de 72 años, tomé como punto de partida, un tanto al azar, el año 1997, año en el que el fenómeno del Niño empezó nuevamente a causar grandes estragos que se prolongaron hasta principios de 1998, y que curiosamente caía 52 años después de las atroces explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki, que pusieron horrendo fin a la segunda Guerra Mundial; recordemos, por lo demás, que el comienzo del citado fenómeno coincidiría con el del actual Kali-yuga, tal como he señalado en el capítulo 4; y algo en extremo sugestivo: el anterior “Meganiño” se presentó en 1925, exactamente 72 años antes del de 1997. Luego vimos que la infame Guerra del Opio había estallado 104 años antes, en 1841, y que otro acontecimiento histórico tremendamente significativo, la Revolución Francesa de 1789, había tenido lugar exactamente 156 años atrás. Con todo, a medida que retrocedíamos en el tiempo, se producían pequeñas discrepancias en las fechas de sucesos importantes y siempre funestos en algún sentido, por lo que decidimos usar un ciclo de 51.84 años, o un centésimo de la duración real del Kali-yuga. Y aquí las fechas coincidían con precisión pasmosa: En 1738, 51.84 años antes de la Revolución Francesa, se patentaron los telares mecánicos, un hecho funesto cuya significación ya he comentado; 104 años antes de aquello, en 1530, Lope de Aguirre, considerado el Anticristo de su época, anduvo suelto por América del Sur, y 52 años antes, en 1478, se creó la Inquisición española. Tres ciclos antes, en 1271, moría San Luis, y tres antes (en 1064, o quizás en 1065) se producía la invasión de Inglaterra por Guillermo el Conquistador. Asimismo, el año 1012, 52 años antes de eso, es señalado por la persecución de herejes en Alemania. Para no pecar de demasiado prolijos, pasaremos por alto algunos hechos menos funestos y, ciñéndonos al ámbito occidental y a la era cristiana, nos remontaremos cinco ciclos atrás, alrededor del 753, año en el que se produce una gran hambruna en España. Siete ciclos antes de ello, exactamente en el año 390, ocurría un hecho infausto en cuya fecha, como hemos visto en su momento, parecen haber confluido otros dos finales de ciclos diversos: el incendio de la Biblioteca de Alejandría, acontecimiento tan importante que no en vano se considera convencionalmente que señala el fin de la Edad Antigua y el comienzo de la Media. En fin, seis ciclos antes, en el año 79, fueron destruidas las ciudades romanas de Pompeya y Herculano por la erupción del Vesubio. Y según algunos, 52 años antes de aquello, el año 27, es la fecha más probable de la muerte de Cristo.

Y con esto daré fin a este extenso interludio histórico, con el que confío haber demostrado que los ciclos cósmicos sí ejercen una influencia decisiva en la marcha de la humanidad, tanto los de la vertiente occidental, representados en cierto modo por el período precesional o Año Zodiacal de 25,920 años comunes, como de la oriental, representados por el llamado Manvantara en particular, y en general por el maha-yuga hindú basado en la escala 4 + 3 + 2 + 1 = 10, al que puede asimilarse cualquier período de la duración que sea. En cuanto a la razón de que esto último sea así, al margen de la natural influencia que las distintas partes del período precesional, en el caso de que se lo considere como ciclo cuaternario, deben de ejercer en tanto que verdaderas estaciones zodiacales (a semejanza de lo que, en un orden mucho menor, ocurre con el año común), está en la naturaleza misma de las cosas el que, con el paso del tiempo, se produzca una decadencia en la vitalidad de cualquier sociedad o cultura (y de hecho, en la  de cualquier otro orden de manifestación), tal como ocurre en cualquier organismo vivo. Lo cual explicaría, en principio, que cualquier ciclo sea asimilable al maha-yuga hindú. Ahora bien, ¿por qué tienen que ser cuatro edades, y no más o menos?

Aunque la respuesta es difícil, intentaré una: Aparte de la gravitación enorme del simbolismo numérico (recuérdense las cuatro estaciones del año, las cuatro fases de la Luna, etc.), la causa residiría simplemente en que el cuaternario es un ciclo como hecho a la medida para cualquier fenómeno temporal, y ello en razón de que, al estar basado en un número par, es divisible por la mitad, como lo es cualquiera de sus múltiplos. Esta cualidad puede apreciarse fácilmente, por ejemplo, en el compás musical de cuatro tiempos, que es de una gran fluidez y, por decirlo así, circular; lo cual, entre paréntesis, se opone a la división artificial de la historia en tres partes principales, una división por la que los historiadores parecen inexplicablemente sentir gran predilección. Sin embargo, persiste una cuestión de fondo: ¿por qué han de ser decrecientes tales duraciones? Ya me he referido a la influencia que, en el caso del Año Zodiacal de 25,920 años comunes, deben de ejercer por fuerza sus cuatro estaciones de 6,480 años comunes cada una; influencia cuyo efecto acumulado, debido a un natural efecto multiplicador o de “avalancha” (muy posiblemente estimulado, en este caso en particular, por el aumento de las poblaciones), produzca cada vez más acontecimientos en períodos aproximadamente iguales o, lo que es lo mismo, igual número de sucesos en períodos cada vez menores. Naturalmente, en los ciclos de otra duración cualquiera se daría el mismo proceso, aunque permanecería en el misterio cuáles son los momentos “cardinales” que influyen en su desarrollo acumulativo; aun más, estos momentos pudieran no tener relación con ciclo cósmico alguno, y quedaría además pendiente la cuestión de qué es lo que hace que la proporción decreciente se produzca dentro de una duración total dada. Es posible, pues, que el problema esté mal planteado y que la explicación final resida en que la duración total depende más bien de la del primer período o “yuga” —es decir, que aquélla se produce a partir de éste, y no a la inversa—, y que la duración del primer período, una vez concluido (ya sea por un proceso natural de desgaste o bien bruscamente, como consecuencia de algún cataclismo), determina de una vez por todas la duración de las tres etapas sucesivas restantes y, por tanto, la del ciclo completo de que se trata; algo semejante a lo que nos muestra la naturaleza en la forma de cierto caracol cuyo cuerpo al crecer traza, siguiendo las proporciones de la escala 4  + 3 + 2 + 1 = 10, la llamada “espiral de cuatro centros”, en lo que algunos verán una simple curiosidad; pero sería difícil encontrar otro elemento que diera tanta fuerza a la argumentación.

 

 

 

Figura 9 - La "espiral de cuatro centros"

 

Dicho esto, quedan pocas cosas por examinar en relación con la doctrina, algunas de las cuales son cuestiones de fondo para las que tal vez no existe respuesta satisfactoria. Soy consciente, por ejemplo, de que hay un punto débil en toda la estructura de mis cálculos: a saber, la fecha de inicio del Kali-yuga en 3102 a.C. Aun así, he procurado presentar argumentos en su favor que abarcan desde el terreno astronómico y geológico hasta el filosófico. Y en efecto, aunque para la historia y la ciencia “oficiales” el progreso en todos los campos haya sido prácticamente ininterrumpido desde esa fecha hasta nuestros días (con la sola excepción de la Edad Media, por lo demás muy injustamente considerada), en el sentido espiritual, que es el que verdaderamente cuenta, salvo por algunos momentos de aparente renacimiento, sólo ha habido retroceso.

Pero ya hemos hablado bastante de esto. Aún se puede presentar la objeción de que en todo lo que antecede solamente hemos examinado los llamados “tiempos históricos”, y que es demasiada pretensión inferir de ello que la doctrina, en su conjunto, sea cierta. Pues bien, puedo presentar hasta dos argumentos, de índole bastante diversa, a favor de mi tesis.

En primer lugar, si lo que he afirmado acerca del maha-yuga es cierto, podemos ir al otro extremo y demostrar que la duración de cualquier período, por vasto que sea, debe sujetarse a la escala 4 + 3 + 2 + 1 = 10; sólo que para ello es necesario que establezcamos con la mayor precisión posible las fechas de inicio y de término, lo que no siempre resulta fácil. Tal es, por ejemplo, el caso de la duración de las eras geológicas y principalmente de la aparición de las especies animales, ya que las fechas de que se dispone difieren habitualmente y suelen ser cambiadas cada dos por tres por los científicos, dados a cambiar frecuentemente de opinión. Aun así, podemos intentarlo simplemente mediante un esquema, similar a los anteriores, que represente el desarrollo de las eras geológicas a partir de los primeros vertebrados; sólo que en este caso, para conformarnos al uso actual, lo haremos en forma de “reloj biológico” y, además, nos tomaremos la libertad de introducir una era adicional para adecuarlo a lo que creemos se acerca más a la realidad histórica de nuestro planeta. Eso sí, debe considerarse que representa sólo su parte diurna, o sea los últimos 2,160 millones de años.

 

 

 

Fig. 10 - Reloj biológico de la Tierra con una
edad adicional, la “Edad moderna”
 

Así, aunque las primeras formas de vida surgen, según los paleontólogos, hace unos 2,700 millones de años (en el “reloj biológico”, hace unas 15 horas), es recién hace unos 600 millones de años —esto es, hace apenas entre tres y cuatro “horas”— que aparecen los primeros vertebrados conocidos. Pues bien, si dividimos este período en cuatro partes que sigan la escala 4 + 3 + 2 + 1 = 10, obtendremos una duración de 240 millones de años para la primera era, la paleozoica; ésta terminará al comenzar la mesozoica, hace unos 360 millones de años (ó 600 – 240), cuando surgen los primeros saurios y, en el mar, los cefalópodos, seres ya bastante avanzados; 180 millones de años más tarde será el turno de la era cenozoica, es decir, hace igual cantidad de años (360 – 180), época en la que surgen los primeros mamíferos y las angiospermas. Finalmente, hace unos 60 millones de años llega el momento en que, tras la extinción de los dinosaurios, los mamíferos comienzan a ramificarse y a triunfar en la Tierra.

En cuanto a la especie humana en el sentido más amplio, o sea incluyendo a sus más remotos antepasados (presumiblemente los primeros australopitecos), el tema es demasiado complejo como para intentar siquiera su estudio, para no mencionar el hecho de que los antropólogos presentan prácticamente a diario un nuevo fragmento fósil, usualmente acompañado de una nueva teoría y una nueva cronología para las especies intermedias. Sin embargo, ya he resumido un poco de lo que realmente interesa, a saber, que la aparición de nuestro primer antepasado remoto, el Australopitecus Ramidus, se habría producido hace unos 4’300,000 años, y la del Homo Habilis hace aproximadamente la mitad de este tiempo, con el Homo Sapiens Sapiens, representado por el hombre de Cromagnon, surgiendo hace alrededor de 50,000 años, y el de Neandertal, calificado injustamente sólo como Homo Sapiens, antes de eso, hace posiblemente unos 200,000 años —fechas todas ellas con las que nos hemos venido familiarizando a lo largo de este trabajo.

Y tras este largo paréntesis daré por concluida mi argumentación. Con el fin de anticipar, no obstante, las objeciones de los incrédulos más recalcitrantes, intentaré extrapolar las observaciones efectuadas previamente y tratar de imaginar lo que pudieron ser los tiempos anteriores al 3102 a.C. En el caso de Egipto, por ejemplo, señalan los expertos que el final del período pre-dinástico fue superior al dinástico en al menos un aspecto muy significativo: en la producción de vasijas de barro y piedra, así como de otros recipientes, se observa una mengua en la calidad de la loza y en el atrevimiento de las formas y la decoración, mientras que las vasijas de piedra son decididamente menos bellas y el material ya no siempre es refractario. Pero más importante aún: al llegar el período dinástico y transformarse las pequeñas comunidades en un gran estado, se produce una “revolución urbana” que trae consigo un predominio de la especialización y la despersonalización del individuo. Antes la sociedad era pequeña, homogénea, autosuficiente y fuertemente tradicional, fundada sobre profundas raíces religiosas y familiares. Ahora, en cambio, es secular y, dada la interdependencia de las transacciones comerciales, se ha vuelto compleja y caótica. Y esto, aunque con ligeras variaciones, es lo que ha ocurrido en todas partes y en todas las épocas, aun en nuestros días.

Por lo demás, si mediante un proceso análogo, y ampliando esta realidad en el terreno espacial, retrocedemos en el tiempo hasta una época en que la sociedad es esencialmente pastoril y vive en un estado de felicidad casi perfecta, nos remontaremos de edad en edad para llegar finalmente a la civilización primordial que he situado en las Hiperbóreas, una civilización depositaria del conocimiento trascendente que, a través del tiempo y del espacio, ha llegado intacto hasta nuestros días únicamente por vía de la tradición hindú, si bien envuelto en un ropaje simbólico para preservar su confidencialidad. Un conocimiento sobre el que ha versado este pequeño ensayo y de cuyo origen último, que se pierde en la noche de los tiempos, sólo se puede decir que es extrahumano.

¿Ofrece, finalmente, la doctrina de los ciclos una visión pesimista del mundo y de la historia, como tienden a pensar los que oyen hablar de ella por primera vez? Nada más alejado de la verdad. Pues si por un lado la doctrina enseña que la civilización ha de desembocar fatalmente en una era de gran tribulación, tal como no se ha visto nunca en el mundo, por otro también predice unos tiempos nuevos y una tierra nueva que han de venir inmediatamente después de la consumación y que serán inaugurados por los salvadores a los que nos hemos referido brevemente en el curso de esta exposición, los cuales no son obviamente sino distintas representaciones de un mismo redentor. Por cierto que la forma en que se ha de operar esta salvación es representable a gusto del lector, ya que en este momento no podemos conocerla; y por otro lado, nunca se insistirá bastante en que de lo que estamos hablando es del fin de un mundo, del nuestro, esto es, de un orden de cosas, y no del “fin del mundo”. Pues dicho fin, anunciado por todas las escrituras y textos tradicionales del mundo, y que constituye la esperanza de miles y millones de seres, no ha de ser sino el preludio inevitable y necesario para la restauración del orden, tras lo cual la Tierra conocerá una nueva Edad de Oro en la que todo será perfección y dicha como lo era al comienzo, cuando el hombre vivía en perfecta armonía con el universo entero y con Dios.

 

Este breve ensayo no ha pretendido ser exhaustivo. Nada he dicho, por ejemplo, de los sandhya, que según los textos autorizados son tres períodos de duraciones iguales en que se divide cualquier yuga (aunque, según otras versiones, son los períodos intermedios entre yugas), y que por tanto ofrecen posibilidades adicionales en cuanto a fechas históricas clave. Tampoco se ha desarrollado la información según la cual, en el presente milenio, el tercer yuga se “superpuso” al segundo, un hecho difícil de interpretar en su verdadero significado; ni la de que habiendo transcurrido 27 maha-yugas de la era del Manu actual —el séptimo de su serie— nos hallamos en el cuarto yuga del vigésimo octavo maha-yuga, lo que sin duda posee un elemento simbólico (4 x 7 = 28). Tampoco se ha aludido a la forma en que la actual duración media de vida del hombre es afectada por la escala 4 + 3 + 2 + 1 = 10, si bien no es tarde para señalar que no lo es tanto por ella como por su inversión exacta, la Tetraktys pitagórica, de acuerdo con la máxima hermética “como arriba es abajo, pero en sentido inverso”. En cuanto al valor de nuestros cálculos sobre la duración del presente Manvantara, así como al de nuestra percepción sobre la avanzada etapa de él en que nos encontramos, invitamos al lector a sacar sus propias conclusiones.
 

 

 

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